El curioso caso de … un imbécil

Posted in Colaboradores, Lovesan on May 7th, 2011 at 21:52 by Lovesan

Que más quisiera decir que fue porque andaba corriendo una Deportiva 1000cc como todo un campeón en una pista, la verdad es que no fue así, la verdad es que tome (no uno, sino varios drinks) y decidí manejar, no fue nada grave, 50km/h estimo que era la velocidad, y no alcance a ver que la calle continuaba en una curva y seguí derecho, al darme cuenta la banqueta estaba ahí; alcance a frenar pero los amortiguadores hicieron lo que debían, después de amortiguar vino el efecto inverso, eso más el peso de la moto termino por tirarme (caer de lado) y fue ahí donde el peso ejercido de la moto en mi pie sobre la banqueta termino por reventarme la pata.

Sí así es o así fue, pase una semana en el hospital. me practicaron una cirugía para colocarme un clavo endomedular de titanio a lo largo de la tibia, fijado por 4 tornillos dos en cada extremo. bueno va la sexta semana, apoyo ligeramente con muletas y eso me hace sentir como aquel personaje de una de mis películas favoritas, Benjamin Button.

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No es que yo me este haciendo más joven, solo que recuerdo verlo caminar con sus bastones en mano para ayudarse a caminar. algo similar a mí en muletas, pero poco a poco como Benjamin Button, dejare las muletas. Siempre eh confiado en mi cuerpo, además que siempre me ha gustado hacer ejercicio, así que con el tiempo se que podré regresar a mis actividades y tardare en poder hacer deportes como jugar fútbol o correr como loco, o cargar peso. Es como Antonio Valencia jugador del Manchester United quien sufrió una accidente en un partido con un tobillo dislocado y una fractura de tibia, eso sucedió en Septiembre del 2010, ahora en Mayo ya se encuentra jugando y vaya que lo hace bastante bien. Se que no tengo un servicio especializado como el pero al menos se que todo ira mejorando conforme pase el tiempo.

Ahora tengo un parecido con un ídolo del motociclismo, Valentino Rossi, quien en una vuelta de prueba en la pista, cayo de su moto y se fracturo la tibia y el perone, 6 semanas después estaba nuevamente montando su moto ayudado de una muleta para caminar. La verdad es que eso si fue caer con estilo.

Si, las motos rifan, si, a las mujeres les resulta atractivo, si, también hay mujeres que andes en moto o en patín del diablo les vale pistola, sí, son peligrosas (y también las mujeres), y sí, a muchas otras mujeres les da miedo subirse por lo que tampoco les resulta un atractivo que un hombre tenga una, creo que es más cuestión del hombre que se siente más como campeón si monta una que si no. Al parecer no ha habido quien no se suba y tenga una mala experiencia (a tal grado de  por fin conocer a ese ente misterioso llamado muerte).

Fueron solo dos meses que anduve en la moto antes del accidente. Y sí reconozco que fue agradable llegar cada día al trabajo o a cualquier otro lugar con una sensación de campeón vistiendo tu chamarra de motociclista y tu casco en mano. Ver la semana pasada mi moto de nuevo corriendo (en manos de mi primo) me hizo quererla como en el momento que la compre.

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¿El vaso esta medio vacío o muy vacío?

Posted in Colaboradores, Personal, Tlacaélel on August 28th, 2010 at 1:12 by Tlacaélel

Últimamente se ha generado un rumor en torno a mi persona que me parece bastante entretenido. Desde hace tiempo se especula que carezco de “alma”. Ya varias personas, aún dentro de mi familia, me lo han dicho. Algunos me lo dicen con un significado literal, que soy un cascarón vació que cuando se muera no se va a ir al cielo (ni al infierno, si eso me sirve de consuelo). Otros lo mencionan como un mero recurso retórico para insinuar que carezco de empatía hacia mis semejantes (suponiendo que si soy humano). Yo, por cuestiones personales, normalmente asumo que ambas menciones son del segundo tipo; para mi la realidad es que no existe un alma literal y que voy camino a la inexistencia…pero ese es otro tema que no voy a tocar.

Ésto de la falta de alma me lo han dicho tanto directa como indirectamente, tanto en conversaciones casuales como en situaciones excesivamente elaboradas (”¿hola? ¿Arturo? Te hablaba para informarte que unos amigos y yo consideramos, seriamente, que no tienes alma…en fin, nos vemos (click)“). He escuchado frases que van desde “¿cómo? ¿tú tienes sentimientos?” hasta él no tan irónico “te temo porque no tienes alma” (con versiones que cambian el “temo” por “odio” o “compadezco”). No se que tan cierto sea, pero el hecho es que las cosas escalan pronto a lugares insospechados.

Justo éste Miercoles, tenía mucho sueño cuando llegué a casa (a eso de las 21:00 hrs.). No había nadie y me puse a repasar algunas cosas de la escuela. Como suele ocurrir cuando uno está cansado y comienza a leer, me quedé dormido (en la sala). Cuando llegó la familia, dicen que me saludaron y, al no verme despertar, surgió un comentario en cuanto a la ausencia de alma (que no se exactamente cual fue, por eso no lo reproduzco). El caso es que, por alguna razón, me empecé a reír. No solo sonreí, sino que emití una carcajada discreta que al momento fue perturbadora para todos. Yo no tengo recuerdo de lo ocurrido, ni siquiera sabía que se podía uno reír dormido. Por alguna razón, el asunto refuerza la idea en los demás de que no tengo alma, aunque lo más que se puede concluir con eso es que hay algo raro con mi cerebro.

La cosa sigue creciendo con incidentes fuera de mi control que, de alguna forma, se suman al concepto negativo que ya la gente tiene de mi. Como ocurrió en un caso aparte, tambien ésta semana. Iba yo en una combi del transporte público, tambien ya en la noche, cuando se subió una señora de unos 60 años con sus bolsas del mandado. Tuvo la señora el pésimo juicio de poner sus compras frente a la puerta, obstruyendo la única salida. Llegó el momento de mi descenso, pagué y me dispuse a bajar. Los problemas de la vista, la oscuridad y mi torpeza característica, sumados a la obstrucción de la puerta, provocaron que perdiera el equilibro. Para sostenerme, lancé mis manos a donde pude en un intento desesperado por mantenerme en píe. Logré mi cometido con tan buen tino, que desconté en el hocico (con mi codo) a la señora…y me empecé a reír. Según yo no fue tan fuerte el golpe, pero los ojos de odio que recibí a cambio me indican que la única razón por la cual no hubo groserías fue que la señora tenía su pata en la boca, tapando inadvertidamente sus balbuceos y protegiéndome de sus propias injurias. Lo bueno es que ni ella ni yo portábamos armas. Al final le di una disculpa veloz (pero sincera), que no supe si aceptó porque el señor chofer de la combi cerró la puerta y nos forzó a dejar todo el asunto atrás. Fue lo mejor para todos.

Ah, pero también hay evidencia en contra. Por ahí alguien me dijo que “los que no tienen alma dicen cosas malas a la gente buena”. Yo le respondí diciéndole “si no tuviera alma, le diría cosas buenas a la gente buena hasta que me dejaran de ser útiles…después les diría cosas malas” (ya saben, como se juega en el capitalismo depredador). Aunque la respuesta a eso fue “estás peor de lo que yo creí”, el hecho es que yo no hago eso. Generalmente digo las cosas que me nace decir y, para ser sincero, casi nunca me nace decir algo. Creo que agoto mi reserva de discurso en posts. Eso también explicaría porque de pronto escribo mucho y después prácticamente nada.

Yo creo que soy tan empático como puedo ser. Si, a veces golpeo mujeres de la tercera edad y digo cosas mala onda (como todos). Tambien disfruto de leer la tira cómica Cyanide & Happiness, pero nada de eso implica que no tenga alma. Lo que pasa es que ha de ser chiquita y está inválida.

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Y con ustedes, el dolor

Posted in Colaboradores, Reflexiones, Tlacaélel on October 31st, 2008 at 2:24 by Tlacaélel

Eran aproximadamente las 11:15 de la mañana, cuando la desesperación hizo presa de mí. Yo estaba en clase de Autómatas y Lenguajes Formales cuando de pronto note que no podía enfocar las letras del pizarrón. Era como si una nube densa estuviera atravesada exactamente frente a mi naríz. En mi caso los problemas de visión no son tan raros. De hecho mi ojo derecho está jodidón (repetidas fotocoagulaciones, una criopexia y una vitrectomía por un desprendimiento de retina es el saldo actual), sin embargo esta ceguera tenía algo de peculiar: se expandía y disminuía lentamente. “Maldita sea”, pensé. Era el primer sintoma de la migraña.

Al saber lo que venía, se me ocurrió tomar mis cosas e irme…pero la cosa que me tapaba la visión estaba algo densa y aún tenía que bajar escaleras y caminar hasta el metro. Mientras más dudaba más crecía la zona de ceguera. Hubo un momento en que ya no veia mas que un brazo del profesor en el costado del ojo izquierdo. “Va a ponerse feo, mejor espero”, decidí ya resignado. De cualquier forma, no me iba a escapar.

Los minutos iniciales pasaban, y comenzaba a llegar la nausea. Pronto, el dolor al frente de la cabeza surgió y el frío invadió manos y pies. Ya estaba ahí. A medida que la visión se despejaba, el dolor aumentaba. Cuando salimos de clase, ya era intenso.

Hable con unos compañeros sobre el trabajo de Arquitectura de Computadoras, pero no aguanté mucho antes de tener que ir al baño a vomitar. El vomito durante la migraña es el peor. A pesar de no haber desayunado nada (como siempre), el cuerpo te exige seguir expulsando y expulsando lo que sea que tengas dentro. En esta etapa, vomite solo algo de liquido amarillo (que supongo serán jugos gástricos). En ese momento empezó la sensibilidad a la luz.

Medité el quedarme unas horas hasta que se bajara, pero cambie de idea rápidamente. La voz de mi cabeza me dijo “¿Y que vas a hacer aquí? ¿Sentarte y dar lástima cuatro horas? ¡Sácate! ¡Pero ya! Mientras más rapido te vayas más rápido llegarás a casa”. Como más que sugerirme la voz me dio ordenes, pues me fuí.

El trayecto fue horrible. Nunca había viajado tanto con una migraña. El metro fue lo peor. Luces, personas, ruido. Los estupidos que venden discos poniendo sus altavoces a todo volumen. El dolor estaba en el punto más alto y en lugar de estar en un lugar oscuro y silencioso deseando la calma, estaba entre chorrocientos fulanos sin pensar otra cosa que “esto no puede estar pasando”. En metro Guerrero, ya no aguanté. Por casualidad traía una bolsa de plástico en la mochila, la saque y, cerca de unos torniquetes, vomité. Esta vez ya estábamos hablando de cosas mayores. El impulso era tan intenso que no podía respirar y estaba escupiendo bilis (la reconoces por el sabor amargo y el color verde). Se me escaparon un par de lágrimas de esfuerzo pero ni modo…había que aguantar. En un momento dado, la desesperación por no tener aire me hizo golpear con mucha fuerza la pared cercana, lo que atrajo la atención hacia a mi. Si yo me hubiera podido ver desde afuera, hubiera pensado sobre mi “que juerga la de anoche” o “ese ya está moneando” (y en otros momentos igual y hubiera tenido razón) pero pues el dolor era demasiado como para ponerse a cuidar apariencias.

Como pude llegue a San Lazaro, subí al autobus a Texcoco y me senté lo más lejos posible del sol (que no fue fácil en un autobús sin cortinas a medio día). Ese viaje pareció eterno. Iba contando los minutos. El dolor pulsaba en la frente. El aire me calaba los huesos y estaba sudando frío. No sentía las manos y apenas y podía controlar la nausea. Es curioso como en ese momento los problemas existenciales se reducen al “aquí” y “ahora”. No te preocupa que te estén atorando en X o Y materia, que no tengas logros importantes en tu vida, que seas un antisocial de mierda…nada. Lo único que existe en ese punto es el dolor y el único problema que tienes es que no se detiene.

Llegué a Texcoco y, por suerte, iba pasando la micro que me lleva a mi casa. Subí y cerré los ojos. Antes de que me diera cuenta, ya estaba donde debía descender. “Quince minutos más y ya…” decía con fervor para mí mismo. A quince minutos caminando estaba mi cama, mi cuarto, el lugar silencioso y oscuro que por dos horas había estado anhelando. Tal vez no se iba a calmar mi dolor pero de alguna forma sentía que llegar lo iba a hacer más soportable.

Llegué directo al baño y tuve que vomitar de nuevo. Esta vez fue la última y más intensa. Nuevamente, el sabor amargo de la bilis me atravesó sin poder hacer nada para remediarlo. La cabeza me palpitaba, pero el dolor ya era moderado. Me acosté en la cama y momentaneamente me sentí más tranquilo. “He tenido peores”, pensé instantes antes de quedarme dormido. Desperté como a las 8:00pm con un dolor leve y una sensibilidad a la luz que me duraron esa noche y todo el martes. Todavía el miercoles en la mañana desperté con una sensación extraña en la cabeza, pero ya sin dolor. Hoy pienso que la presión del trayecto prolongó las secuelas, porque generalmente es cosa de un día (máximo dos con sintomas leves) y esta vez fueron tres días los que duré sintiendo su presencia. De hecho aún hoy ando medio sacado de onda, siento que en cualquier instante me puede volver a atacar, de por sí, pero ni modo. Supongo que eso es algo inevitable.

En fin, ya conté la historia. Es curioso como se dan las cosas. La semana pasada estaba pensando en escribir un post sobre el dolor en el alma y el mundo “real” termino llevándome a dolores verdaderos, tangibles, tan intensos que tu único deseo es tener la fuerza para soportar las horas que quedan antes de recobrar la estabilidad. Odio la migraña, pero para algo sirve: para recordar que no hay excusas. Grandes personajes, filosofos, escritores y heroes, han padecido del mismo dolor y sin embargo grabaron su nombre en las mentes de las personas casi como si fueran inmortales: Julio Cesar, Edgar Allan Poe, Napoleón, Nietzche y otros más. La migraña te devuelve a la tierra, te humilla y no te da tregua ni descanso por horas tan solo para que cuando te levantes al día siguiente recuerdes que lo peor ya paso y que, si eso no te detuvo, no tienes derecho a detenerte.

…El que [Julio Cesar] fuese arriesgado y despreciador de los peligros no era extraño a su ambición; pero su sufrimiento y tolerancia en las fatigas, pareciendo que era superior a sus fuerzas físicas, no dejó de causar admiración, porque, con ser de complexión flaca, de carnes blancas y delicadas y estar sujeto a dolores de cabeza y un mal epiléptico, habiendo sido en Córdoba donde le acometió la primera vez, según se dice, no buscó en su delicadeza pretexto para la cobardía, sino, haciendo de la milicia una medicina para su debilidad, con los continuos viajes, con las comidas poco exquisitas y con tomar el sueño en cualquier parte lidiaba con sus males y conservaba su cuerpo, puede decirse que, inaccesible a ellos…

Plutarco, “Vida de Cayo Julio Cesar” en sus “Vidas Paralelas”.

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