Historias de la calle

Posted in Colaboradores, Personal, Tlacaélel on January 4th, 2011 at 23:33 by Tlacaélel

Recuerdo un suceso del año pasado, ocurrido al interior del metro Balderas. No, no hablo del tipo al que se le ocurrió echar balazos. Hablo de una ocasión en la que ví a una chava pelear con un indigente. La chica caminaba alegremente cuando, en un descuido, tiró su bufanda. El indigente la vió, la recogió y se dispuso a amarrarse la prenda al cuello. En eso ella voltea, ve su bufanda en manos del hombre, regresa unos pasos y se la intenta arrebatar sin éxito. Todavía ella le dice “gracias”, para que el tipo comprenda que debe soltarla, pero él le grita entonces “¡yo la ví primero!”. Ambos forcejean un momento hasta que la chava se enoja y jala con suficiente fuerza para recuperar su propiedad. El indigente finalmente aceptó la derrota cabizbajo, murmurando para si con tristeza “pero, yo la vi primero…” al tiempo que ambos contendientes proseguían sus olorosos caminos hacia sus respectivas perdiciones.

El asunto me recordó de otro incidente parecido que le ocurrió a una conocida mía. Ella iba sola comiendose un helado, entró al metro en la estación Tacubaya y, antes de llegar al andén, se topó con un indigente. Éste vió el helado, lo que lo hizo expresar en voz alta la frase “¡quiero!”. Ella ignoró al hombre, sin embargo la cosa comenzó a ponerse rara cuando se percató de que éste había comenzado a seguirla. Intentó seguir caminando como si nada, pero las sucesivas repeticiones de la frase “¡quiero!” (cada vez más cerca) lograron su cometido: ella volteó, le dió el helado al hombre y se fue lo más rápido que pudo.

Es raro, pero a fin de cuentas todos tenemos una historia como esa. El otro día iba con If hablando idioteces en el transporte público cuando se subió un borrachín. En algún punto, nuestra conversación llegó a una pausa natural y dejamos de hablar, lo que por alguna razón no le gustó al borrachín. De repente salió con su “no se detengan, sigan hablando”. Como no soy muy listo, en lugar de hacer lo que todos alrededor hicieron (ignorar al tipo) yo empecé a discutir con él. No se, por alguna razón me castró que se metiera en lo que no le importaba y le contesté “¿por qué? Si no quiero hablar, no hablo”. De inmediato se sintió una especie de tensión. La gente nomas se nos quedaba viendo como esperando “a ver a que hora el borracho saca un cuchillo y mata a ese pobre bastardo”. Como no comprendí las implicaciones de discutir con el ebrio (como que podía ponerse violento y terminar los dos en la cárcel), le seguí su conversación llevándole la contraria a cada cosa que me decía. En algún momento, el tipo empezó a involucrar a una mujer que estaba próxima y que hacía lo posible por ignorarlo todo. Para mí, eso si ya fue el colmo y sin pensar le reclamé “no quiere hablar con usted, ¡déjela!”. En eso que la realidad me habla “espérate imbécil, acuérdate que eres un cobarde” pero entonces una voz en mi cabeza de inmediato la calló diciendo “ni se te ocurra echarte para atrás” y pues, para no perder machés, lo volví a decir. En eso, If dijo “ya es hora de descender de éste transporte” y pues, así sin más, eso es lo que hicimos (no era excusa, si habíamos llegado a nuestro destino). Al final no resolví nada, probablemente el tipo siguió molestando (la combi todavía tenía trayecto por recorrer). El caso es que nomas discutí con un borracho por nada y me arriesgué a que me dieran una golpiza, a amanecer en la cárcel o morirme. Que imbécil.

Ah, si, decidí que éste año debo aprender defensa personal…o a quedarme callado. Como sea, muy mal, Arturo, muy mal.

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