Y con ustedes, el dolor
Posted in Colaboradores, Reflexiones, Tlacaélel on October 31st, 2008 at 2:24 by TlacaélelEran aproximadamente las 11:15 de la mañana, cuando la desesperación hizo presa de mí. Yo estaba en clase de Autómatas y Lenguajes Formales cuando de pronto note que no podía enfocar las letras del pizarrón. Era como si una nube densa estuviera atravesada exactamente frente a mi naríz. En mi caso los problemas de visión no son tan raros. De hecho mi ojo derecho está jodidón (repetidas fotocoagulaciones, una criopexia y una vitrectomía por un desprendimiento de retina es el saldo actual), sin embargo esta ceguera tenía algo de peculiar: se expandía y disminuía lentamente. “Maldita sea”, pensé. Era el primer sintoma de la migraña.
Al saber lo que venía, se me ocurrió tomar mis cosas e irme…pero la cosa que me tapaba la visión estaba algo densa y aún tenía que bajar escaleras y caminar hasta el metro. Mientras más dudaba más crecía la zona de ceguera. Hubo un momento en que ya no veia mas que un brazo del profesor en el costado del ojo izquierdo. “Va a ponerse feo, mejor espero”, decidí ya resignado. De cualquier forma, no me iba a escapar.
Los minutos iniciales pasaban, y comenzaba a llegar la nausea. Pronto, el dolor al frente de la cabeza surgió y el frío invadió manos y pies. Ya estaba ahí. A medida que la visión se despejaba, el dolor aumentaba. Cuando salimos de clase, ya era intenso.
Hable con unos compañeros sobre el trabajo de Arquitectura de Computadoras, pero no aguanté mucho antes de tener que ir al baño a vomitar. El vomito durante la migraña es el peor. A pesar de no haber desayunado nada (como siempre), el cuerpo te exige seguir expulsando y expulsando lo que sea que tengas dentro. En esta etapa, vomite solo algo de liquido amarillo (que supongo serán jugos gástricos). En ese momento empezó la sensibilidad a la luz.
Medité el quedarme unas horas hasta que se bajara, pero cambie de idea rápidamente. La voz de mi cabeza me dijo “¿Y que vas a hacer aquí? ¿Sentarte y dar lástima cuatro horas? ¡Sácate! ¡Pero ya! Mientras más rapido te vayas más rápido llegarás a casa”. Como más que sugerirme la voz me dio ordenes, pues me fuí.
El trayecto fue horrible. Nunca había viajado tanto con una migraña. El metro fue lo peor. Luces, personas, ruido. Los estupidos que venden discos poniendo sus altavoces a todo volumen. El dolor estaba en el punto más alto y en lugar de estar en un lugar oscuro y silencioso deseando la calma, estaba entre chorrocientos fulanos sin pensar otra cosa que “esto no puede estar pasando”. En metro Guerrero, ya no aguanté. Por casualidad traía una bolsa de plástico en la mochila, la saque y, cerca de unos torniquetes, vomité. Esta vez ya estábamos hablando de cosas mayores. El impulso era tan intenso que no podía respirar y estaba escupiendo bilis (la reconoces por el sabor amargo y el color verde). Se me escaparon un par de lágrimas de esfuerzo pero ni modo…había que aguantar. En un momento dado, la desesperación por no tener aire me hizo golpear con mucha fuerza la pared cercana, lo que atrajo la atención hacia a mi. Si yo me hubiera podido ver desde afuera, hubiera pensado sobre mi “que juerga la de anoche” o “ese ya está moneando” (y en otros momentos igual y hubiera tenido razón) pero pues el dolor era demasiado como para ponerse a cuidar apariencias.
Como pude llegue a San Lazaro, subí al autobus a Texcoco y me senté lo más lejos posible del sol (que no fue fácil en un autobús sin cortinas a medio día). Ese viaje pareció eterno. Iba contando los minutos. El dolor pulsaba en la frente. El aire me calaba los huesos y estaba sudando frío. No sentía las manos y apenas y podía controlar la nausea. Es curioso como en ese momento los problemas existenciales se reducen al “aquí” y “ahora”. No te preocupa que te estén atorando en X o Y materia, que no tengas logros importantes en tu vida, que seas un antisocial de mierda…nada. Lo único que existe en ese punto es el dolor y el único problema que tienes es que no se detiene.
Llegué a Texcoco y, por suerte, iba pasando la micro que me lleva a mi casa. Subí y cerré los ojos. Antes de que me diera cuenta, ya estaba donde debía descender. “Quince minutos más y ya…” decía con fervor para mí mismo. A quince minutos caminando estaba mi cama, mi cuarto, el lugar silencioso y oscuro que por dos horas había estado anhelando. Tal vez no se iba a calmar mi dolor pero de alguna forma sentía que llegar lo iba a hacer más soportable.
Llegué directo al baño y tuve que vomitar de nuevo. Esta vez fue la última y más intensa. Nuevamente, el sabor amargo de la bilis me atravesó sin poder hacer nada para remediarlo. La cabeza me palpitaba, pero el dolor ya era moderado. Me acosté en la cama y momentaneamente me sentí más tranquilo. “He tenido peores”, pensé instantes antes de quedarme dormido. Desperté como a las 8:00pm con un dolor leve y una sensibilidad a la luz que me duraron esa noche y todo el martes. Todavía el miercoles en la mañana desperté con una sensación extraña en la cabeza, pero ya sin dolor. Hoy pienso que la presión del trayecto prolongó las secuelas, porque generalmente es cosa de un día (máximo dos con sintomas leves) y esta vez fueron tres días los que duré sintiendo su presencia. De hecho aún hoy ando medio sacado de onda, siento que en cualquier instante me puede volver a atacar, de por sí, pero ni modo. Supongo que eso es algo inevitable.
En fin, ya conté la historia. Es curioso como se dan las cosas. La semana pasada estaba pensando en escribir un post sobre el dolor en el alma y el mundo “real” termino llevándome a dolores verdaderos, tangibles, tan intensos que tu único deseo es tener la fuerza para soportar las horas que quedan antes de recobrar la estabilidad. Odio la migraña, pero para algo sirve: para recordar que no hay excusas. Grandes personajes, filosofos, escritores y heroes, han padecido del mismo dolor y sin embargo grabaron su nombre en las mentes de las personas casi como si fueran inmortales: Julio Cesar, Edgar Allan Poe, Napoleón, Nietzche y otros más. La migraña te devuelve a la tierra, te humilla y no te da tregua ni descanso por horas tan solo para que cuando te levantes al día siguiente recuerdes que lo peor ya paso y que, si eso no te detuvo, no tienes derecho a detenerte.
…El que [Julio Cesar] fuese arriesgado y despreciador de los peligros no era extraño a su ambición; pero su sufrimiento y tolerancia en las fatigas, pareciendo que era superior a sus fuerzas físicas, no dejó de causar admiración, porque, con ser de complexión flaca, de carnes blancas y delicadas y estar sujeto a dolores de cabeza y un mal epiléptico, habiendo sido en Córdoba donde le acometió la primera vez, según se dice, no buscó en su delicadeza pretexto para la cobardía, sino, haciendo de la milicia una medicina para su debilidad, con los continuos viajes, con las comidas poco exquisitas y con tomar el sueño en cualquier parte lidiaba con sus males y conservaba su cuerpo, puede decirse que, inaccesible a ellos…
Plutarco, “Vida de Cayo Julio Cesar” en sus “Vidas Paralelas”.