Y con ustedes, el dolor

Posted in Colaboradores, Reflexiones, Tlacaélel on October 31st, 2008 at 2:24 by Tlacaélel

Eran aproximadamente las 11:15 de la mañana, cuando la desesperación hizo presa de mí. Yo estaba en clase de Autómatas y Lenguajes Formales cuando de pronto note que no podía enfocar las letras del pizarrón. Era como si una nube densa estuviera atravesada exactamente frente a mi naríz. En mi caso los problemas de visión no son tan raros. De hecho mi ojo derecho está jodidón (repetidas fotocoagulaciones, una criopexia y una vitrectomía por un desprendimiento de retina es el saldo actual), sin embargo esta ceguera tenía algo de peculiar: se expandía y disminuía lentamente. “Maldita sea”, pensé. Era el primer sintoma de la migraña.

Al saber lo que venía, se me ocurrió tomar mis cosas e irme…pero la cosa que me tapaba la visión estaba algo densa y aún tenía que bajar escaleras y caminar hasta el metro. Mientras más dudaba más crecía la zona de ceguera. Hubo un momento en que ya no veia mas que un brazo del profesor en el costado del ojo izquierdo. “Va a ponerse feo, mejor espero”, decidí ya resignado. De cualquier forma, no me iba a escapar.

Los minutos iniciales pasaban, y comenzaba a llegar la nausea. Pronto, el dolor al frente de la cabeza surgió y el frío invadió manos y pies. Ya estaba ahí. A medida que la visión se despejaba, el dolor aumentaba. Cuando salimos de clase, ya era intenso.

Hable con unos compañeros sobre el trabajo de Arquitectura de Computadoras, pero no aguanté mucho antes de tener que ir al baño a vomitar. El vomito durante la migraña es el peor. A pesar de no haber desayunado nada (como siempre), el cuerpo te exige seguir expulsando y expulsando lo que sea que tengas dentro. En esta etapa, vomite solo algo de liquido amarillo (que supongo serán jugos gástricos). En ese momento empezó la sensibilidad a la luz.

Medité el quedarme unas horas hasta que se bajara, pero cambie de idea rápidamente. La voz de mi cabeza me dijo “¿Y que vas a hacer aquí? ¿Sentarte y dar lástima cuatro horas? ¡Sácate! ¡Pero ya! Mientras más rapido te vayas más rápido llegarás a casa”. Como más que sugerirme la voz me dio ordenes, pues me fuí.

El trayecto fue horrible. Nunca había viajado tanto con una migraña. El metro fue lo peor. Luces, personas, ruido. Los estupidos que venden discos poniendo sus altavoces a todo volumen. El dolor estaba en el punto más alto y en lugar de estar en un lugar oscuro y silencioso deseando la calma, estaba entre chorrocientos fulanos sin pensar otra cosa que “esto no puede estar pasando”. En metro Guerrero, ya no aguanté. Por casualidad traía una bolsa de plástico en la mochila, la saque y, cerca de unos torniquetes, vomité. Esta vez ya estábamos hablando de cosas mayores. El impulso era tan intenso que no podía respirar y estaba escupiendo bilis (la reconoces por el sabor amargo y el color verde). Se me escaparon un par de lágrimas de esfuerzo pero ni modo…había que aguantar. En un momento dado, la desesperación por no tener aire me hizo golpear con mucha fuerza la pared cercana, lo que atrajo la atención hacia a mi. Si yo me hubiera podido ver desde afuera, hubiera pensado sobre mi “que juerga la de anoche” o “ese ya está moneando” (y en otros momentos igual y hubiera tenido razón) pero pues el dolor era demasiado como para ponerse a cuidar apariencias.

Como pude llegue a San Lazaro, subí al autobus a Texcoco y me senté lo más lejos posible del sol (que no fue fácil en un autobús sin cortinas a medio día). Ese viaje pareció eterno. Iba contando los minutos. El dolor pulsaba en la frente. El aire me calaba los huesos y estaba sudando frío. No sentía las manos y apenas y podía controlar la nausea. Es curioso como en ese momento los problemas existenciales se reducen al “aquí” y “ahora”. No te preocupa que te estén atorando en X o Y materia, que no tengas logros importantes en tu vida, que seas un antisocial de mierda…nada. Lo único que existe en ese punto es el dolor y el único problema que tienes es que no se detiene.

Llegué a Texcoco y, por suerte, iba pasando la micro que me lleva a mi casa. Subí y cerré los ojos. Antes de que me diera cuenta, ya estaba donde debía descender. “Quince minutos más y ya…” decía con fervor para mí mismo. A quince minutos caminando estaba mi cama, mi cuarto, el lugar silencioso y oscuro que por dos horas había estado anhelando. Tal vez no se iba a calmar mi dolor pero de alguna forma sentía que llegar lo iba a hacer más soportable.

Llegué directo al baño y tuve que vomitar de nuevo. Esta vez fue la última y más intensa. Nuevamente, el sabor amargo de la bilis me atravesó sin poder hacer nada para remediarlo. La cabeza me palpitaba, pero el dolor ya era moderado. Me acosté en la cama y momentaneamente me sentí más tranquilo. “He tenido peores”, pensé instantes antes de quedarme dormido. Desperté como a las 8:00pm con un dolor leve y una sensibilidad a la luz que me duraron esa noche y todo el martes. Todavía el miercoles en la mañana desperté con una sensación extraña en la cabeza, pero ya sin dolor. Hoy pienso que la presión del trayecto prolongó las secuelas, porque generalmente es cosa de un día (máximo dos con sintomas leves) y esta vez fueron tres días los que duré sintiendo su presencia. De hecho aún hoy ando medio sacado de onda, siento que en cualquier instante me puede volver a atacar, de por sí, pero ni modo. Supongo que eso es algo inevitable.

En fin, ya conté la historia. Es curioso como se dan las cosas. La semana pasada estaba pensando en escribir un post sobre el dolor en el alma y el mundo “real” termino llevándome a dolores verdaderos, tangibles, tan intensos que tu único deseo es tener la fuerza para soportar las horas que quedan antes de recobrar la estabilidad. Odio la migraña, pero para algo sirve: para recordar que no hay excusas. Grandes personajes, filosofos, escritores y heroes, han padecido del mismo dolor y sin embargo grabaron su nombre en las mentes de las personas casi como si fueran inmortales: Julio Cesar, Edgar Allan Poe, Napoleón, Nietzche y otros más. La migraña te devuelve a la tierra, te humilla y no te da tregua ni descanso por horas tan solo para que cuando te levantes al día siguiente recuerdes que lo peor ya paso y que, si eso no te detuvo, no tienes derecho a detenerte.

…El que [Julio Cesar] fuese arriesgado y despreciador de los peligros no era extraño a su ambición; pero su sufrimiento y tolerancia en las fatigas, pareciendo que era superior a sus fuerzas físicas, no dejó de causar admiración, porque, con ser de complexión flaca, de carnes blancas y delicadas y estar sujeto a dolores de cabeza y un mal epiléptico, habiendo sido en Córdoba donde le acometió la primera vez, según se dice, no buscó en su delicadeza pretexto para la cobardía, sino, haciendo de la milicia una medicina para su debilidad, con los continuos viajes, con las comidas poco exquisitas y con tomar el sueño en cualquier parte lidiaba con sus males y conservaba su cuerpo, puede decirse que, inaccesible a ellos…

Plutarco, “Vida de Cayo Julio Cesar” en sus “Vidas Paralelas”.

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El viaje, parte 2

Posted in Colaboradores, Personal, Tlacaélel on October 27th, 2008 at 3:12 by Tlacaélel

Después de una tardanza de casi un mes, prosigue la crónica.

El 23 de Julio llegamos como a eso de las 6:30am (no recuerdo demasiado bien la hora) a Ciudad Valles, San Luis Potosí. La noche no había sido muy cómoda que dijéramos, pero al menos seguíamos vivos. Definitivamente, los asientos de los autobuses no son lo que solían ser (ahora son mejores pero igual de incómodos).

La ola de calor nos golpeo con toda la fuerza del trópico en el instante en que bajamos del autobús. Solo tuve oportunidad de pensar “vale pistola”. Eran las seis de la mañana, y ya estaba abrumante el calor. Sentí la súbita necesidad de regresar al autobús y meterme entre el equipaje solo para seguir disfrutando del aire acondicionado, pero para mi desgracia no encontré jaula y el camión ya se iba.

En fin, ya en la terminal (acalorados, sucios y algo hambrientos) nos dimos a la tarea de buscar transporte al siguiente destino: El Sótano de las Golondrinas. En la red había visto que para llegar al Sótano de las Golondrinas teníamos que ir a un lugar llamado “Xiltla”. Preguntamos ahí mismo como llegar y, sin mas trámite, tomamos el siguiente autobús. A las 7:00 ya estábamos de nuevo en el camino.

El viaje era algo largo todavía, pero la vista desde la ventana era interesante. La vegetación frondosa y el amanecer en las montañas hicieron que el trayecto no fuera tan aburrido. Yo me quedé dormido al poco tiempo de partir pero el Alexander iba alerta para que no nos fuéramos a pasar (por alerta digo que dormía a ratos y despertaba alarmado en intervalos).

Bajamos cuando vimos el primer letrero que decía “Xilitla” sin el número de kilómetros faltantes a un lado (suponiendo que omitían el cero). Descendimos junto a una pared muy informativa que tenía un mapa del pueblo pintado. El mapa no decía mucho, ni siquiera “usted está aquí”. Nomas indicaba lo que parecía la silueta del municipio, un camino de color café y tres sitios (entre ellos el Sótano de las Golondrinas) dibujados sobre un fondo blanco dentro de la silueta.

Ahora que lo pienso, creo que ese fue el momento más incierto del viaje. Estábamos solos en un cruce de caminos a la orilla de un pueblo rústico frente a un mapa que bien pudo no haber estado ahí y sin nadie cerca a quien preguntar a donde debíamos ir o que hacer. Hicimos lo que consideramos lo mejor…tomamos el camino menos tétrico (táctica aprendida de la televisión).

El pueblo está en una montaña, por lo cual todos los caminos eran de subida (o bajada si se quiere ver así). Me recordó un poco Taxco (aunque me parece que la pendiente es mas pronunciada donde estábamos), pero con menos gente y más calor. Subimos y subimos por unos diez a quince minutos hasta que dimos con un hotel donde nos paramos a preguntar. Ahí, un imbécil muy amable nos indicó donde estaba el centro del pueblo (sorprendentemente, más arriba). Seguimos subiendo, llegamos a otro tramo de carretera donde preguntamos a otro señor que nos dijo que el centro era, si, más arriba. Llegamos al centro por fin y en una mini biblioteca nos dieron razón de como llegar al Sótano de las Golondrinas. Aparentemente no nos habíamos bajado donde nos debíamos bajar, ya que el acceso al Sótano está en un pueblo de nombre Aquismón que se encuentra entre Xilitla y Ciudad Valles (es decir, estamos bien zoquetes). De hecho ni siquiera en Xilitla nos bajamos donde debíamos bajar, porque el camión deja al pasaje a un lado del centro y no en la orilla donde nos fuimos nosotros a perder (doblemente zoquetes)…pero bueno, al menos ya sabíamos que hacer.

En Xilitla desayunamos y medio perdimos el tiempo. El pueblo es muy pintoresco, los habitantes todavía hablan nahuatl y eso, pero si se dejan caer muchos turistas (lo que le quita encanto). De cualquier forma no estuvimos mucho tiempo. Después de los informes y el desayuno (que se compuso de frijoles con chilaquiles), partimos ahora hacia Aquismón.

Ya en Aquismón la cosa fue mas fácil. Supongo que algo que nos ayudo fue que esa semana era la feria del pueblo, por lo que la disponibilidad de transporte y el humor de los habitantes era bueno en general. Las personas muy amables, eso si. Para entrar al pueblo, compartimos un taxi con una señora (no había otra forma de llegar, era eso o a pie) y el mismo taxista nos dijo como estaba el asunto por ahí. El transporte en Aquismón corre a cargo de las personas. Los que tienen camionetas te cobran dos, tres, cinco, diez o veinte pesos por llevarte a los alrededores en una ruta mas o menos fija pero no formal. De hecho para llegar al Sótano de las Golondrinas tuvimos que pagar un transporte particular con un señor que nos llevo en su cacharro hasta allá.

El espectáculo principal en el Sótano es el ascenso y el descenso de las aves al amanecer y al atardecer respectivamente, y nosotros estábamos en el pueblo como a eso de la una de la tarde (a unas tres o cuatro horas de que empezara el “espectáculo”) así que nos tuvimos que matar el tiempo en Tambaqué, donde está el nacimiento de un río. Uno de los pobladores nos llevó hasta allá y ahí estuvimos como unas dos horas.

Recorrimos la orilla del río, llegamos al nacimiento, hicimos un par de fotos y descansamos un rato. El calor estaba algo pesado y el sol no daba tregua, pero el lugar era bonito.

Arturo junto al rio

Aquí estoy yo caminando junto al rio.

Alexander en el nacimiento del agua

Ahí está Alexander feliz de seguir vivo. Detras de él, está el nacimiento del rio.

Tambaqué

Ésta foto se me hizo bien para un fondo de escritorio, por eso la tomamos…pero la verdad no la uso de fondo de escritorio.

Regresamos a Aquismón antes de las cuatro para buscar una camioneta que nos llevara. El mono que nos dió el servicio (un humano, no un simio) nos cobró como si nos hubiera llevado desde Ciudad Valles hasta allá y aún así dicen que nos salió barato (aunque no me lo creo). Me enteré después que llegan a cobrar hasta mil pesos por subirte, pero a nosotros no nos sacaron ni la mitad de eso (pero mas de una cuarta parte si). No digo cantidades porque la verdad me acuerdo y me saco de onda, pero si estuvo caro. Teníamos la oportunidad de que un campesino nos llevara por 60 pesos, pero solo la subida y no hasta la entrada al Sótano. El peligro ahí era que no encontráramos forma de regresar y tuviéramos que lanzarnos a pie por la montaña para el regreso (como a las 7pm) y no se nos hizo que eso fuera una idea muy brillante. En pocas palabras, decidimos comprar la seguridad de que iba a haber alguien que nos llevara de regreso.

El viaje de la subida fue relativamente lento, sobre todo por el automóvil en el que nos llevaban. La mugre esa se movía yo creo porque el dueño le tenía mucha fe. La camioneta era tan vieja que pienso que ningún mecánico se habría echado al lomo el paquete de “yo se lo arreglo”. Para terminar, el chofer iba comentando que su carro andaba medio mal de los frenos. Yo pensaba “pues si chocamos no creo que nos matemos, para mi que acelera más mi abuela y eso que está muerta”.

Llegamos a la “entrada” al Sótano y ahí cambiamos de guía. Otro de los locales nos llevó hasta el sitio, que se encuentra a unos 400 metros del estacionamiento (por así decirle al terreno ese donde puedes dejar tu coche donde a tu corazón se le antoje). El camino no es muy largo, pero si algo escarpado. A cada momento sentía que me iba a ir de hocico. Como a eso de las 5, estábamos por fin viendo el Sótano de las Golondrinas.

Arturo asomado al abismo

Yo asomándome al abismo. Mierda, no sabía que tenía vértigo. Ahora que lo pienso, no hubiera sido tan malo caerme.

Mi primer pensamiento al ver el abismo fue “¡ay güey!”. El segundo fue “que bueno que no vino el Paco, se hubiera lanzado al hoyo sin pensarlo” (con eso de que su frase preferida es “agujero aunque sea de caballero”). Nos permitieron acercarnos y asomarnos, conocimos datos de profundidad, bla, bla, bla y después nos quedamos esperando sentados en las rocas hasta que las aves se presentaran.

Alexander posando para foto

Alexander antes de lanzarse al abismo.

Changos

Changos sentados esperando el anochecer.

Antes que las aves, se presentaron más turistas. Incluso llego el presentador de un programa de televisión con camarógrafo y todo. “Ojalá se caiga”, le dije a Alexander cuando lo ví. No por mi, sino por él que se veía que ya le hacía falta tocar el piso. A todos les hubiera convenido, hasta a la televisora que le pagaba (ese programa iba a tener mucho rating). Me gusta pensar que hago un bien a la sociedad con mis pensamientos.

Sótano de las Golondrinas

El Sótano de la Golondrinas en primer plano.

El descenso de las aves fue magnífico. Por ahí hubo un par de oportunidades de hacer uno que otro chiste en privado. Por ejemplo, a una señora le cayo mierda de pájaro y se limpiaba y limpiaba sin saber a ciencia cierta donde terminaba la mierda y empezaba su cara. Cosas que pasan.

Aves descendiendo

Las aves descendiendo. No se ven claras porque pasan rápido y ademas somos malos fotógrafos

Todavía aguantamos como hasta las siete viendo el descenso antes de ir de regreso a la camioneta. El mismo chofer nos llevo hasta la carretera, pasando Aquismón, donde tomamos el camión que a Ciudad Valles. Como a las 9pm ya estábamos otra vez en la terminal. El día ya había prácticamente acabado, solo restaba esperar la salida del autobús a Zacatecas a eso de las 2:00 am. Hicimos un viaje más a un supermercado cercano para comprar agua y algo leche (para acompañar un paquete de galletas), pero solo eso.

La espera se me hizo un poco larga, sobre todo porque el clima estaba sofocante y estábamos cansados. Por fin, como a las 2:10, abordamos el camión y, un par de minutos después, dejamos atrás el calor y la humedad de la noche huasteca.

continuará…

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El viaje, parte 1

Posted in Colaboradores, Personal, Tlacaélel on October 3rd, 2008 at 0:37 by Tlacaélel

Bueno, pues ya era hora de hablar del viaje. Más que nada para mostrar, aunque sea, una o dos de las fotos que sacamos (al puro estilo “imbécil”). He aquí la crónica de los hechos.

Habiendo ya salido como ingenieros, mi amigo Alexander y yo nos sentíamos de verdad patéticos. Bueno, en realidad no se lo que pasaba por la mente de ese chango, pero lo que es yo así sentía (bueno, bueno, siento) mi realidad. Vamos, es que después de tantos años de estudio, de tanto esfuerzo realizado, uno termina sintiéndose mal al ver pasar el 21avo cumpleaños con un bodrio de proyecto de vida entre manos, sin trabajo (mantenidos), en un mundo que nos da solo expectativas pobres, sin parrandas, ni mujeres ni drogas…pues uno no puede evitar pensar “aquí hace falta algo”.

Ya meses antes habíamos contemplado la idea de viajar y morir en el trayecto (mucho más lejos, por mucho más tiempo y con muchos motivos), pero el contexto era otro. Digamos que todavía había cosas que hacer antes de morir. Sin embargo, ese ya no era el caso. Una vez terminado el Trabajo Terminal, estabamos disponibles para caernos en una zanja y morir sin pendientes, pero pues ¿a donde ir? ¿en que rumbo nos esperaba esa dichosa zanja?

La generación en la escuela (ESCOM) planeó sus ceremonias y viaje en un ambiente de extrema modestia y austeridad, como usualmente ocurre, lo que se perfilaba como la oportunidad que esperábamos…pero pues la situación no era muy convincente. ¿Ir de viaje con esa bola de…compañeros ingenieros? ¿Esos cuyo sentido de diversión es levantarse en la mañana desnudos en un cuarto de hotel junto a un montón de cabras solo para no recordar (por decir) cual es la suya? La neta no me latía pagar chorromil varos para eso. Para ser sincero, no soy de fiestas, no soy de vida nocturna “convencional” (mi vida nocturna es normal en el hecho de perder el tiempo hasta altas horas de la madrugada, la diferencia es que yo si conservo mis cinco sentidos…bueno, no, pero al menos mantengo mi capacidad, aunque pobre, de expresión oral y escrita) y definitivamente no soy el que va de viaje para aprender habilidades tan útiles como guacarear en un vaso sin que derrame o ahogarme en un chapoteadero. Bajo ese esquema, decidimos que si íbamos a hacer un viaje precario, al menos iba a ser en nuestros términos. Si de todas maneras todo se va a ir al carajo, mejor elegir tú por que camino llegar ¿no?

Pasamos por alto entonces la desinteresada invitación de los organizadores de la fiesta (junto con sus diplomas, fotos, anillos y toda la parafernalia que, como no compré, no podré empeñar en tiempos de necesidad cuando no tenga dinero para alimentar a mis…perros, yo creo) y decidimos mejor organizar (jajaja, organizar) nuestro propio viaje infernal. Debo decir aquí que, originalmente, esperaba que fuéramos toda la banda o al menos tres de nosotros, pero nadie más quiso. Aparentemente, todos tenían cosas importantes que hacer (rascarse las bolas a veces es cosa urgente y de importancia extrema*).

Como sea, una vez sabiendo que solo nosotros íbamos a ir, nadamás quedaba fijar el destino. Como la verdad estábamos improvisando todo, el plan se baso en dos reglas fundamentales y sencillas:

  1. Visitar un estado de la república por día.
  2. Llegar lo más lejos posible con el menor gasto, sacrificando nuestra “seguridad” al mínimo.**

En cuanto al recurso económico, pues todavía quedaban fondos de la beca. Diré que dinero había para un viaje suficientemente austero. De hecho, haciendo cuentas al final vimos que había dinero para un tercer o hasta un cuarto viajero en las mismas condiciones, pero ni modo: nadie más pudo.

Sorprendentemente, después de plantear estas reglas las cosas se complicaron un poco en cuanto a los destinos. ¿Por donde iniciar el viaje? ¿A que hora? ¿Como seguir sin sacrificar tanto tiempo y dinero? Esas preguntas por poco y lo matan, pero Alexander en toda su sabiduría dijo “ya, no me importa, el caso es que <tal día> voy a estar en la terminal de autobuses y voy a ir a largarme como sea”. Con la presión encima, ya tuve que decidir medio unilateralmente que la opción debía ser “Queretaro” (más que nada porque ví que en San Juan del Río está el único museo en México dedicado a la muerte). Le comenté a Alexander y trazamos lo que restaba de la ruta (las salidas de Estado a Estado) basado en horarios de camiones. Solo con esa planeación, nos lanzamos. El viaje empezó la mañana del 22 de Julio de 2008 oficialmente.

A las 7:00am del 22 estábamos en la central del norte (algo incrédulos de que estuviéramos haciendo esta clase de recorrido, la verdad). El viaje de ida fue sin contratiempos, sin embargo, nunca llegamos a San Juan del Río. La verdad no sabíamos como y, como realmente no teníamos planeación, pues mejor nos quedamos en la ciudad de Querétaro todo el día.

Salimos de la terminal de Querétaro haciendo uso del transporte público y cuando vimos la Alameda descendimos y comenzamos el recorrido a pie. Una cosa chistosa que nos enteramos de la Alameda es que nos dijeron que no tiene Álamos. Como somos bien pinches inmaduros, pues la verdad nos reímos de que los Queretenses dijeran tan orgullosamente que su Alameda carece de Álamos (y que sus calles están chuecas, algo por lo que alabaron a sus arquitectos borrachos).

En un principio, la exploración era cosa de seguir hacia adelante sin sentido de la orientación. De hecho, cruzamos la Alameda sin Álamos por pura inercia hasta que nos adentramos en las callejuelas de la ciudad. De ahí, la cosa cobró más forma. Descubrimos que solo era cuestión de seguir a los gringos (sin intenciones de quitarles nada…aún).

La primera foto del viaje fue tomada frente al monumento dedicado a la corregidora, Doña Josefa Ortíz de Domínguez.

Querétaro es una ciudad muy interesante, visitamos a pie un cacho buscando el Templo de la Santa Cruz (sin fines religiosos, quien me conoce sabe que soy estrictamente ateo) pero ¡que sorpresa!, los imbeciles no lo encontraron. Al menos buscandolo vimos otros lugares.

Aquí está el Alexander frente a la fuente en honor a los pueblos indígenas de la región (Tarascos y Otomíes), que está junto al templo de los Franciscanos.

Aquí vamos con el servicio de guía y toda la mugre, donde un señor te dice que visitar después a juicio tuyo. Nótese la cara de imbéciles (de nosotros).

Yo quería visitar por dentro el Teatro Nacional (donde se firmo la Constitución de 1917) pero cuando llegamos ya era demasiado tarde y estaba cerrado. Algo similar ocurrió con el museo de las intervenciones, pero a ese si alcanzamos a ver una parte.

Esta la tomamos en el museo regional. Podemos ver a Alexander tocando un cañon (sin albur).

Tambien vimos la ruta por la que llevaron a Maximiliano antes de ser ejecutado antes de llegar al Cerro de las Campanas (donde finalmente lo fusilaron como pueden recordar los que estudiaron la primaria en México). Hoy en día sobre el Cerro de las Campanas hay dos cosas, una capilla dedicada a Maximiliano y una estatua de Don Benito Juárez.

Aquí está Alexander con el monumento a Juárez sobre el Cerro de las Campanas. Notese lo pequeño que es Alexander en comparación con Benito Juárez. Notese también lo pequeño que se ve en contraste con su estatua (no es cierto Alexander, no llores).

Ahí estoy yo en la Rotonda de los Queretanos Ilustres, llena de tumbas de benefactores y héroes locales. Detrás se puede ver la ciudad con los acueductos y eso. De hecho por ahí anda una foto de los acueductos pero no la puse (ya están muy vistos).

Ahí estoy yo siendo “torturado” en el Palacio de Gobierno (que fue la casa de la Corregidora). Esto si fue una pinche venganza del mono que nos daba la explicación por reírme de sus estupideces en mal plan.

Vagamos un buen rato por la ciudad y de hecho pasamos por los puntos más prominentes de la misma. Estuvo rifado. Aprendí muchas cosas, pero me hubiera gustado ver otras más de cerca o por más tiempo. En fin, ya será para otra ocasión.

En la noche regresamos a la terminal. El trayecto debía continuar. Como a las 10:30 (algo así, no recuerdo bien) salimos hacia San Luis Potosí, más precisamente a Ciudad Valles. La siguiente parada era visitar el Sótano de las Golondrinas.

continuará…

*Nota: Ya se, ya se, aclaro para que no se anden quejando, yo se que para la banda rascarse las bolas es de urgencia e importancia extrema siempre. Ya en serio, no quiero quejas del tipo “pues yo si trabajo” o “cuando me mantengas voy” ni nada de eso. Tranquilitos, papá comprende.

**Nota 2:La segunda regla era por cosa de la situación socio-política en México y eso. Igual y podíamos haber optado por opciones algo más baratas (el hitchhiking o algo) pero pues probablemente asi íbamos a ser blanco fácil. De por si, en San Luis prácticamente fue un robo en despoblado…pero bueno, eso ya se relatará despues.

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