La fuerza de la caída

Posted in Colaboradores, Narracion, Tlacaélel on November 5th, 2008 at 3:47 by Tlacaélel

Sentí como si me desprendiera, como si me desmoronara bajo mi propio peso…

Apenas y podía observar a los demás. Estaban todos abrazados justo frente a mi, muy unidos y muy optimistas. Escuchaba palabras ansiosas resonar en mis oídos y los ruidos propios de una gran fiesta a punto de comenzar. Las luces eran deslumbrantes y el ambiente reflejaba todo el clamor de las almas vibrantes y extremadamente vivas. La ansiedad se apoderaba lentamente de los asistentes, a medida que se acercaba la hora marcada.

El viento arreciaba y, con él, crecían los gritos y la confusión de todo mundo. Empezó entonces el baile, vuelta tras vuelta, sobre la pista intangible. Pronto la confusión cedió ante la alegría y los gritos de duda se convirtieron en cantos de felicidad, expresiones de euforia, excitación, movimiento y fuerza. Los bailarines pasaban zumbando junto a mi formando extrañas y divertidas formas a medida que aumentaba la velocidad de su danza. Yo me sostenía débilmente y me columpiaba con toda calma mientras, a mi alrededor, la mayoría se movía con gran rapidez y soltura.

La música a todo volumen indicaba que por fin había llegado el clímax. En esos momentos no existían el pudor ni la vergüenza. Todos danzaban incontrolablemente y gritaban lo que les venía en gana, sin más preocupación que mantener el paso o incluso seguir acelerando. La velocidad era un fuego que consumía a todos a su paso, se iba apoderando de cada espíritu y hacia suyo todo pensamiento. Vueltas y más vueltas, formas y luces terminaron por marearme y hacerme sentir somnoliento. Sin darme cuenta mi columpiar se iba haciendo más lento y extenso hasta que, sin pensarlo, me solté. Comencé a caer.

No había más razón, simplemente me deje llevar. Segundo a segundo observaba como las caras se hacían cada vez más borrosas a medida que se perdían en la lejanía. Pronto no eran mas que manchas grisáceas moviéndose sin control. Sus gritos y luces aún se podían apreciar a la distancia, palabras sin sentido que expresaban todo con su potencia mas que con su verdadero significado. Poco a poco, la velocidad también se iba apoderando de mi.

No sentía miedo ni ansiedad. La emoción que antes viera reflejada en los otros se encontraba ahora en mí. Vivía ya en mi cabeza y se asomaba a medida que sentía como el viento golpeaba mi cuerpo cada vez mas rápido. No había nada que hacer y, por lo tanto, nada que temer. Lo inevitable habría de ocurrir. Deje de mirar a los danzantes y me puse a apreciar el mundo en todo su esplendor. Admiraba los tonos verdosos al norte y los reflejos de las aguas cristalinas al sur. La cálida luz del amanecer era atenuada por todos los que, como yo, se habían soltado sin darse cuenta, pero ello no impedía que aún nos deslumbrara con sus destellos de calma tan contrastantes con éste viaje tan frenético.

Al tacto del agradable sabor de la mañana y ya con mucho sueño, tuve que cerrar los ojos. Fue en ese momento, justo antes de perder la conciencia y dejar para siempre de ser quien soy, cuando pude finalmente entender y emitir un solo grito de auténtica alegría. Solo instantes después sentí como mi cuerpo chocaba contra el mundo y se rompía en miles de pedazos ante la incontenible fuerza de la caída.

Fin

El texto presentado es algo que imaginé mientras caminaba hacia la escuela una mañana. Medio anote un bosquejo en cuanto pude, pero solo hasta hoy pude desarrollarlo para ver si servía para algo. La verdad no me gustó tanto, pero creo que es suficiente para haber empezado como un juego con las palabras. La historia es corta, me pregunté “¿Si fuera una gota de lluvia que vería al caer?” La respuesta es “nada, las gotas no ven”, sin embargo pensé que igual y no necesitaba ser una gota, solo necesitaba estar colgado de una nube, dejarme caer y abrir bien los ojos para ver la nube alejarse y el suelo acercarse. Quería ver todo hasta el momento de chocar, sin embargo no fue posible. Al final, uno tiene siempre que cerrar los ojos.

Lluvia

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